Un paseo, un simple paseo y todo había cambiado. O quizás, tal vez, pudiera ocurrir.. que todo siguiera igual. Había dirigido sus pasos, o tal vez no, porque se había dejado llevar vagando sin rumbo, no había ningún lugar especial al que acudir. Tenía por delante 4 horas, 4 intensas horas, en las que sólo primaba la obligación de "hacer algo", que equivalía a no hacer nada. Cuando esa mañana, tal y como se había impuesto hacía un par de meses, acudió a la terrible tarea de parecer alguien feliz y arreglada, no había sentido ilusión, pero tampoco la acompañó otro sentimiento. Sólo la certeza de que quizás si se obligaba a hacer lo que estaba establecido, se sentiría parte de algo y todo empezaría a ser más azul.
Pero ese paseo, le descubrió de repente que su ciudad, hasta ahora sin color, era marrón. Sí, ese color ocre y aburrido, sin destellos. Todo se había vuelto marrón en cualquier tonalidad no luminosa. Desde el descafeinado al escatológico. Pero no le dio importancia, decidió que si seguía con su actitud animosa desde los labios y saludando a todo el mundo con su sonrisa en la mirada, el marrón podría llegar a oro.
Aún le sorprendía, que la gente devolviera esa extraña mirada enfurruñada de "¿tú quién eres?¿y por qué osas saludarme?". No acaba de ver claro ese entrecejo arrugado ante una mirada de cortesia, que aunque provenga de un desconocido, siempre puede arrancarte un sentimiento de bienestar.
Y ocupada en llenar sus pasos, al levantar la vista se dio cuenta, que estaba a 3 metros de la puerta de su casa, otra vez, de nuevo en el punto de partida y ninguna anecdota que contar. Fue entonces, cuando la sintió llegar, poco, como siempre, silenciosa, sin ganas. Tenía la fea costumbre de aparecer cuando menos se lo esperaba. Y eso la cabreaba mucho. Por que tenía algún sentido que esa pérfida presencia femenina, se instalara en la boca de su estómago? No, sabía que no era así, que eso era un error. Y también sabía que si la invadía esa sensación, estaba perdiendo la batalla otro día más. Y entonces recordó el poema de Rosalía, y lo lleno que estaba de recuerdos para ella, y lo mucho que lo entendía.
Pero ese día, ya había perdido la batalla, porque lo que le esperaba el resto del día, sabía que era estar encadenada a esa otra batalla, que ya no le apetecía luchar, que había perdido el encanto, que era ganarse como autómata el pan en una cadena de montaje.
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